La democracia apocalíptica

Hoy, 8 de noviembre de 2016, Election Day en EEUU, cuando vemos cómo el mundo se acerca al clímax de angustia que esta campaña electoral ha causado por la posibilidad de que un tipo como Donald Trump sea electo comandante en jefe de la mayor maquinaria militar de la historia y presidente de la que es aún la mayor economía del planeta, recuerdo todas aquellas veces en las que muchos de los venezolanos que hoy vivimos fuera nos preguntamos cuánto iría a cambiar nuestra vida por los resultados de una votación.

Recuerdo ese diciembre de 1998, cuando solo pocos de nosotros temíamos que el país que habíamos conocido hasta entonces se volviera irreconocible. Y nos quedábamos cortos: no imaginamos la magnitud de la devastación, ni sus innumerables manifestaciones en la escala individual, como los afectos que quedarían al otro lado del muro invisible pero espeso de la polarización, como la tristeza, la vergüenza y la ira que habríamos de experimentar en los años por venir.

Recuerdo el referendo constitucional con el que el chavismo terminó de abolir nuestra condición republicana con la reelección indefinida, en medio de una bonanza petrolera. Un resultado electoral que hizo que mi esposa y yo tomáramos la decisión de irnos. Este país es chavista, nos dijimos entonces, y nosotros no tenemos nada que hacer aquí.

Y por supuesto que tengo muy fresco el recuerdo de las dos elecciones, en 2012 y en 2013, en las que compitió Henrique Capriles como candidato presidencial, y en las que sentimos que el cambio -el cambio para bien- no era impensable.

De cada una de esas elecciones salieron muchas otras decisiones como la que tomamos nosotros en 2009: nos vamos.

Las razones para que hayamos llegado a este estado de cosas son muchas y varían en cada país. EEUU no es Venezuela ni Trump es Chávez, como tampoco son lo mismo la victoria de Macri en Argentina, la derrota del plebiscito por el acuerdo de paz en Colombia o el ascenso del Front National en Francia, para nombrar solo algunos procesos electorales recientes que han levantado también fenómenos de esperanza o angustia masivas.

Pero qué triste ver cómo la democracia se ha convertido en un umbral, para millones de personas, que puede alterar su vida para siempre. Cómo lo que para la generación de nuestros abuelos y de nuestros padres fue fuente de progreso y de igualdad, y para mi generación y, sobre todo, la de mis hijos y los tuyos, la democracia ha ido cargándose de vientos apocalípticos: puede que mañana, lo que era mi país ya será otra cosa, y yo no tendré cabida en él.

Hoy, cuando todos esperamos que se defina lo que vaya a pasar en EEUU -porque a todos nos afectará esa elección, también, aunque no vivamos ahí- y que veo a tantas celebridades estadounidenses diciendo que si gana Trump se mudarán a Canadá (como si fuera tan fácil) no puedo evitar preguntarme, y preguntarles, cómo habrían sido las cosas si en aquel diciembre de 1998 el resultado hubiera sido distinto.

Dónde estaríamos, haciendo qué, con quiénes.

Qué habría pasado si la democracia que tanto defendemos no nos hubiera traído, a tantos de nosotros, el fin de nuestro mundo.

 

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