El problema de opinar desde afuera

No, yo no creo que los que vivimos fuera tenemos derecho a decirle a otros que marchen a Miraflores y que probablemente se hagan matar por los grupos de choque chavistas o las fuerzas represivas. Pero tampoco creo que quienes todavía viven en Venezuela tienen derecho a hacerlo tampoco. No me voy a poner a discutir aquí sobre la posibilidad de que una marcha a Miraflores tumbe al malandrato.

Pero pretender que otros sean carne de cañón en lugar de uno -y todos sabemos lo que marchar a Miraflores implica: plomo en contra sin que ninguna fuerza pública te vaya a defender- al margen de que uno esté fuera o dentro del país mientras lo pretende, a mí me parece inmoral. ¿Y a ustedes?

No, yo no creo que quienes vivimos afuera no tenemos derecho a decir nada sobre Venezuela. No creo que haber emigrado nos hace menos venezolanos, y, de paso, medir cuán venezolano puede ser uno, o gringo, o francés, o lo que sea, es una idea fascista y solo puede traer cosas malas. Tampoco creo que dejar Venezuela sea como dejar la mafia, o las FARC, o una secta, algo que debe pagarse con el desprecio y el olvido. No creo que los que nos fuimos debamos ser borrados de la memoria del país, como ha hecho el régimen castrista con los exiliados ilustres como Celia Cruz.

Nuestro país de origen siempre será nuestro país de origen, pase lo que pase con nosotros en nuestros actuales países de residencia, y lo que pasa en Venezuela nos afecta y nos afectará, siempre. Todos tenemos seres queridos, recuerdos, identidades ligadas a Venezuela, e incluso bienes, empresas, trabajos. Así que yo seguiré opinando sobre Venezuela en el foro que me parezca y donde pueda. ¿Y ustedes?

No, no creo tampoco que los que vivimos fuera vayamos a dejar de recibir, a cambio de nuestros comentarios, reacciones del tipo “qué fácil es criticar a la MUD desde afuera”. El mito del exilio dorado, de que quienes vivimos fuera vivimos como reyes, no va a desaparecer nunca del todo, por más que vayan extendiéndose las historias sobre las dificultades de la emigración. Y no desaparecerá del ánimo de quienes están allá adentro, reaccionando como pueden a la desesperación de vivir lo que están viviendo sin ningún indicio, año tras año, de que las cosas vayan a mejorar, o siquiera a dejar de empeorar.

No, yo no contaría con que quienes están en Venezuela y piensan que nosotros afuera tenemos todo resuelto nos vayan a entender. Ellos simplemente la están pasando muy mal y no muchos tendrán el espacio emocional, la paciencia, la voluntad de hacer empatía con los problemas de quienes nos fuimos. Ni querrán dedicar tiempo, en medio de la espantosa cotidianidad que deben enfrentar, a tratar de imaginar lo que no pueden comprender: el dolor, el insoportable dolor, de ver desde lejos cómo tu país de origen es devastado, tu paisaje de infancia, tu gente.

No, esas reacciones de hostilidad no van a desaparecer, así que hay que tener paciencia con eso. De hecho creo que nosotros, los emigrados, tenemos más capacidad de empatizar con ese despecho o incluso resentimiento que nos transmiten los que se quedaron, que ellos en lo que respecta a nuestro duelo y nuestra angustia. Nosotros vivíamos allí y recordamos muy bien lo que es estar allí y mirar hacia afuera con tanta impotencia; ellos no saben lo que es vivir fuera. Nosotros podemos ponernos en su lugar; ellos no.

Así que yo voy a seguir opinando sobre Venezuela y soportando el “qué fácil es escribir sobre Venezuela desde tu exilio dorado”, sin enfrascarme en peleas estériles y tratando de mirar esas reacciones con compasión y hasta con cariño, cuando vienen de gente querida. ¿Y ustedes?

Finalmente, yo sí creo que opinar sobre Venezuela desde afuera es un problema. No solo porque produce ese tipo de reacciones, y no solo porque a veces implica exigir de los demás unos sacrificios que quien opina no parece dispuesto a asumir también.

Opinar sobre Venezuela desde afuera es un problema porque con demasiada frecuencia esa opinión no incorpora los beneficios de haber emigrado, en cuanto a la comprensión de la realidad venezolana. Es decir, muchas veces esa opinión es la misma que teníamos sobre los dramas del país cuando todavía vivíamos en él, con los mismos prejuicios y las mismas limitaciones y la misma emocionalidad, solo que ahora emitida desde el exterior, con la consiguiente reacción negativa de algunos de quienes la reciben allá adentro.

Emigrar es una experiencia transformadora, que debería ser para bien, y que debería conducir a una mirada más rica, con más matices y más alcance, y menos prejuicios, menos mitos sin fundamento, menos fanatismos, tanto hacia el lugar donde vivimos como hacia el lugar del que provenimos.

Si, como pasa en tantos casos, en la emigración conocemos una estrechez y una inseguridad económicas que en nuestra vida en Venezuela no habíamos experimentado, y si debemos asumir trabajos que en nuestro país de origen considerábamos indignos de nosotros, ¿vamos a seguir pensando, por ejemplo, como tal vez lo hacíamos cuando no habíamos emigrado, que los pobres son pobres porque no trabajan suficiente, o que los pobres son intrínsecamente malos o defectuosos o salvajes o deshonestos? Si en nuestras vidas como emigrantes estamos conociendo la pobreza, ¿vamos a mantener sobre la mayoría de los venezolanos, que son pobres, los mismos prejuicios que teníamos antes, y a juzgarlos del mismo modo?

Si en la emigración debemos hacer el esfuerzo de integrarnos a nuestro nuevo destino, y por tanto de entenderlo en sus peculiaridades, de mirar su realidad con atención y de ver cuán distinta es a la realidad venezolana, porque cada país tiene su propia ecuación particular de conflictos, ¿vamos a seguir sosteniendo las mismas categorías para manejar la realidad a las que nos aferrábamos cuando vivíamos dentro del asfixiante clima de la polarización venezolana? ¿Vamos a seguir viendo el mundo en términos de chavistas/antichavistas, patriotas/apátridas, buenos/malos, y a emitir opiniones desde la misma pobreza conceptual y la intoxicación propagandística a la que estábamos sometidos en lo que en Venezuela hemos conocido como opinión pública?

Y sobre los demás, ahora que muy probablemente tenemos contacto con compañeros de trabajo o de estudio, vecinos, y hasta amigos de distintos orígenes y culturas, ¿vamos a seguir pensando lo mismo sobre quienes no son venezolanos? ¿Vamos a preservar los prejuicios sobre los demás latinoamericanos, o sobre los españoles o los portugueses, o sobre los musulmanes o los chinos o los canadienses, que teníamos cuando no habíamos tratado con ellos?

Entonces, sí, yo sí creo que tenemos derecho a opinar sobre Venezuela.

Pero también creo que tenemos el deber de hacerlo de modo que aportemos ideas, en caso de que alguien allá dentro quiera escuchar o leer, que ya es otra cosa.

Creo que si hemos hecho el esfuerzo de emigrar debemos incorporar a nuestra relación con nuestro país de origen los beneficios intangibles de esta experiencia: lo que hemos aprendido, lo que nos ha hecho mejores. Y que cuando decidamos hablar en público sobre Venezuela, sobre lo venezolano, sobre los venezolanos, lo hagamos no desde una superioridad que no existe, ni desde el mismo lugar mental en el que estábamos antes de irnos, sino desde el progreso interno que la emigración, forzosamente, nos tiene que haber producido.

¿No creen ustedes?

 

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5 comentarios en “El problema de opinar desde afuera”

  1. Tienes más razón que un santo. Emigrar es una decisión personalísima y casi siempre dolorosa. Casi tanto, como vivir en esta mezcla de Higuerote con Puerto Principe con Sinaloa en que dejamos convertir al país. Y quizás lo peor es que aquella Venezuela, en la uno cada domingo compraba El Nacional, para -entre otras cosas- leerte, se acabó. (o quizás, sólo cambió). Suerte con ese mega invierno que se aproxima, y recuerda que cunado estés a 10 bajo cero, aquí estaremos a unos 28 grados, je, je.

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  2. Qué bueno está este artículo Osío, es un recorrido de emociones, pensamientos, situaciones.
    Yo creo que a nosotros lo que más daño nos hace es ese vértigo económico. Yo compre mi primer apartamento en Caracas cuando tenía 25 años, ahora con casi 42 vivo alquilado, tengo dos niños y me he mudado 3 veces en menos de año y medio.
    ¿ Y este es El Dorado?. No joda…

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  3. Qué bueno reflexión. Sigue opinando que yo desde Venezuela te escucho. Necesitamos esa mirada en la distancia. Y además, al menos en mi caso, prefiero a venezolanos que opinen viviendo afuera -aunque en su desespero, una solución a lo que ocurre sea una marcha con muchos muertos- a la indiferencia…

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