La arrecidad

Esto fueron mis dos semanas en Caracas, en octubre de 2016.

Un aeropuerto internacional vacío. Un aeropuerto nacional lleno.

Encender de nuevo los sentidos de alarma: la visión periférica, la llave a tiempo, el oído atento a las motos.  

Mirar, de cerca, la punta del iceberg contra el que chocamos: hombres aptos para trabajar, buscando qué comer en la basura; muchachos pidiendo pan sin vergüenza, en las puertas de las panaderías, al final de la jornada, mientras muchísimas otras personas pasan horas y horas haciendo cola para comprar dos canillas, tal vez lo único que pueden comer; pasta italiana en los supermercados, tan cara como en Montreal; la huella en la calle de que haya tanta gente a la intemperie -durmiendo, buscando alimentos, mendigando, delinquiendo- , la estela de inmundicia de los nuevos nómadas de la ciudad; las montañas de efectivo recién impreso.

Maratones con mi hijo, gracias a la piratería, con las muchas películas que no vi en el año porque el cine en Montreal me resulta demasiado caro.

Una mujer joven, con el pantalón roto, que dormía ante la santamaría de una pizzería y que de noche era atacada por los monstruos de su imaginación, que la hacían gritar en la calle desierta ¡por favoor, por favooooor!

Queso guayanés. Lechosa roja. Cazón. Mandocas. Los cachitos de La Flor de Altamira.

Un viaje en Metro, a ocho bolívares, mientras un agua mineral vale 700. Calor sofocante en el andén, aire acondicionado en el vagón, y una joven madre que le decía a su hija de unos seis años “si me vuelves loca te doy una sola cachetada”.  

Caminar con mi padre bajo el Ávila, con el sol traspasando la incomparable majestad de los mijaos, los chaguaramos y los jabillos.

Andar por la ciudad oyendo a la gente exclamar cómo coño puede vivir si lo que gana es un sueldo mínimo.

Pensar en los amigos que no alcancé a ver. Escuchar, de los que sí vi, que ahora sí decidieron irse, o que no se irán y se las arreglan como pueden: en ninguno de ellos, esperanza de que las cosas mejoren.

Contemplar la ciudad como un inmenso artefacto que va deteriorándose sin que nadie tenga cómo repararlo.

Acudir a almorzar, un día de semana, a un delicioso restaurante árabe en El Paraíso, con una amiga que trabaja en Chacao, sin que el tráfico nos robara la tarde porque ya son demasiados los carros varados y pocos los motivos para salir.

Toparme con Zapatero mientras comía con mi familia.  

Leer dos novelas de mi biblioteca, que sigue allá. Buscar chocolate y ron. Olvidar el valiosísimo ají dulce seco que tanta falta nos hará para el menú de diciembre.

Medir el absoluto desconsuelo de la población al día siguiente de que el CNE mató el referendo revocatorio: nadie hablaba de eso, ningún GN estaba en la calle esperando una revuelta, nada perturbaba esa cotidianidad totalmente tomada por los reclamos de la sobrevivencia.

Trabajar, reunirme con gente que me entiende.

Escuchar del portero de un edificio oficial que no podía entrar porque llevaba pantalón corto.

Reaprender a arreglármelas con solo tres horas de agua al día y con señal de Internet mala o inexistente.

Fumar tabacos centroamericanos en un apartamento en Altamira, justo a la altura del vuelo de las guacamayas. Un amigo callaba, otro hacía preguntas sobre lo que podía estar pasando entre las negruras del poder, otro alegaba que no entendía nada. Yo escuchaba y trataba de retener el momento.

Como trataba de retener la visión del Ávila entre los edificios.

Todo eso fueron mis dos semanas en Caracas mientras mi esposa se moría de miedo en Montreal porque yo estaba en una de las ciudades más peligrosas del mundo. La ciudad en la que nacimos y en la que vivíamos.    

Y unas cuantas cosas más que todavía estoy procesando: cuando sientes tantas cosas a la vez, no puedes esperar entender todo lo que te pasa.

Entre ellas, una pregunta y un hallazgo.

La pregunta: Jaime y María Teresa querían saber cuáles piercings o tatuajes me hice, porque hay que gente que aprovecha la emigración para hacérselos finalmente; les dije que ninguno, y entonces me preguntaron cuáles piercings o tatuajes me ha hecho, por dentro, la emigración. Aún no he podido responderles. Tal vez abrí este blog, al menos en parte, para tratar de hacerlo.

El hallazgo: más tarde, después de ablandarme en una tasca de La Candelaria, Jaime y María Teresa me muestran las oficinas compartidas que consiguieron en las laderas del cerro, unos espacios de trabajo y de creación con los que yo no puedo ni soñar en Montreal, y sobrevino el crepúsculo, y tomábamos sin atrevernos a hablar de cuándo nos volveríamos a ver.

Entonces entendí lo que me estaba pasando, por qué los ojos empañados y la mente tan despejada, y se los dije. “Siento arrecidad. Arrechera con felicidad. Arrechera por el estado en que está nuestro país y felicidad por estar con ustedes bajo esta tarde, oyendo a los loros reales entre los mangos”. Arrechera porque acababa de escuchar, al otro lado del muro, otro pregón de agarren al choro. Felicidad porque aún podía vivir lo que estaba viviendo, estar allí, encontrarlos a salvo. Las dos cosas a la vez, igualmente intensas. Arrecidad. Como para quebrarte en pedazos.    

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18 comentarios en “La arrecidad”

  1. Sin tantos Los años que no voy,tantas las ganas y despues digo, donde Vas a un pais que tristemente no es un millesimo de lo que era cuando tu lo dejaste? ? Me due le oir lo que le sucede , ver en lo que se ha convertido y, sobretodo,ver como el pueblo venezolano uno de los mas alegres y cordiales de este mundo,convertirse en ladrones y mendigos por culpa de una politica sin sentimientos. Me haces fatta mi Venezuela. … solo que ha te He perfido.

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    1. Francesca no todo el pueblo venezolano se ha convertido en ladrones y mendigos quedamos la mayoria de los venezolanos trabajando y luchando para salir de esta gran crisis que esta pasando nuestro pais como ha sucedido en otros paises que han pasado por crisis parecida y juntos han podido salir de ella. Seguimos siendo un pueblo alegre, noble que en tiempos de crisis en otros paises recibiamos con los brazos abiertos a los extranjeros que querían venir q vivi a nuestro hermoso país

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  2. Si llegas a venir para Valencia, no sera arrecidad sino arrechisteza….El Trigal ya no es lo que solía ser, la ciudad ya no es lo que era.

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