“Hay que tener cojones para emigrar”

Gaby Álvarez en el parque Sir Wilfrid Laurier de Montreal, Canadá, en noviembre de 2016.

“Ya en 1997 había iniciado trámites para estudiar una maestría afuera. Cuando a mediados de 1998 se hizo claro que Chávez iba a ganar, y yo perdí la poca fe que todavía le tenía al país, decidí que no quería estar allí cuando él se pusiera la banda presidencial. Ya me habían aceptado para entrar en agosto de 1999 a la maestría en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Maryland, pero presioné para que me dejaran comenzar en enero; me fui tres días antes de la toma de posesión.

Después de toda una vida en Los Teques, salvo el último año de universidad en Caracas, fue difícil ese primer año en College Park, Maryland. Estar tan sola me daba vértigo. Había estado a punto de renunciar a todo en el aeropuerto y una vez allá no pude aguantar el llanto una noche helada en la que no conseguía la parada del autobús, en un lugar donde te ven como una loca si miras a alguien a los ojos o sonríes, imagínate si estás llorando.

Pero no tardé en hacer amigos y eso me ayudó a aceptar mi nueva realidad. A los nueve meses conocí a Camilo en un bar y yo, que no creo en nada, viví el amor a primera vista; desde entonces estamos juntos.

En aquella época pensaba que en tres años los venezolanos se darían cuenta de su error y que yo volvería al terminar mi maestría, para aguantar a Chávez por dos años más hasta las elecciones. Entre tanto viví varias cosas en EEUU. Dar clases de español, cosa que disfruto y que hice por varios años más, y vivir el 11-S: primero consolando a los estudiantes que descubrían la existencia de un mundo fuera de su país, donde había gente que los odiaba sin que ellos entendieran por qué, y luego la paranoia del gobierno -a mí me visitó el FBI porque vivía en un apartamento que había sido de una familia de apellido árabe, y a unos amigos los siguieron de noche y los detuvieron porque los confundieron con unos sospechosos- seguido por el pánico con el ántrax. Así que cuando me fui por tres meses a Venezuela, a principios de 2002, me sentía relajadísima. No quería volver a EEUU.

Pero tomé otro avión, exactamente el 11 de abril de 2002, hacia Barcelona, donde estaba Camilo iniciando su doctorado. Yo tengo la nacionalidad española y decidí tomarme un mes para explorar la ciudad y luego ver qué hacer allí. Barcelona me devolvió la tranquilidad pero me mostró otras realidades, como el drama de la droga en esas ciudades y el tener que vivir con muy poco en un sitio tan bello. Pero estábamos bien, porque nosotros nos conformamos con poco.

Al segundo mes empecé a dar clases de español para extranjeros, con un contrato de seis meses, al término del cual la directora de estudios me dijo, llorando, que aunque mis evaluaciones eran excelentes no podían contratarme de nuevo. Fue mi primer contacto con la precariedad laboral de España y sus contratos de seis meses: no quieren tener personal permanente porque asumen que los empleados fijos solo van a calentar una silla. Me fui a otra escuela, donde descubrí que nos estaban estafando con las liquidaciones al final de contrato y conseguí que junto con otros profesores metiéramos una demanda colectiva. Así me convertí en sindicalista, cosa que continué siendo en mi siguiente trabajo, en la universidad Pompeu Fabra.

Allí en la UPF estuve por más de tres años. De vez en cuando escribía sinopsis de libros para Círculo de Lectores pero fui asumiendo más responsabilidades en la universidad. Vivíamos en un apartamento que me encantaba en la avenida Gaudí y teníamos muy buenos amigos catalanes. En 2007 Camilo se fue a hacer su post-doctorado en EEUU y yo lo visitaba cuando podía. Decidí ser mamá. Pasamos un mes de vacaciones fantásticas en Brasil y en 2009, en Barcelona, nació nuestra hija Olivia. Camilo encontró trabajo en Brasilia, su ciudad, y volé para allá con Olivia de mes y medio.

En Brasilia, que es completamente distinta a Barcelona, de nuevo estaba desubicada. Casi no sabía portugués, pero fui aprendiéndolo viendo telenovelas y haciéndome amiga de las admirables niñeras en los parques, que venían de todas partes de Brasil y cuidaban a esos niños ajenos con gran sabiduría. Pero fue otro año difícil.     

Para el primer cumpleaños de Olivia hice unas galletas y un amigo, el que me había presentado a Camilo en Maryland, me dijo que eran muy buenas. Otra amiga, más tarde, insistió en que debía venderlas. Y bueno, es lo que hago ahora, y no me doy abasto. Hago galletas decoradas para fiestas, algo que disfruto, que me relaja, y que es una buena ayuda para la casa. No volví a escribir y no quise volver al mundo académico aunque pude hacerlo en Brasilia.

Ahora estamos en Montreal, desde mediados de 2016, porque Camilo está de año sabático. Tratamos de aprovecharlo al máximo y estamos muy felices de haberla escogido para este año. Estoy aprendiendo francés y haciendo voluntariado en la escuela de Olivia, que es en francés e inglés y a ella le gusta mucho.

Montreal me devolvió la fe en la gente. Todo se basa en la confianza, como debe ser.

En cuanto a Venezuela, no he vuelto desde 2011; lo que hago es ayudar a mi mamá y a mi hermana para que nos visiten y me aprovisionen de Harina P.A.N., que no venden en Brasil y yo tengo que congelar para que me dure por meses. Pero todas las protestas que ha habido en Brasilia contra Maduro las he organizado yo, con los pocos venezolanos que hay allí. Estando en Brasilia fue que se me despertó la necesidad de, al menos, hacernos sentir. El día en que sacamos esas pancartas, que hicimos en mi casa, detrás de Maduro en su primera visita a Brasilia, fue uno de los más felices de mi vida.

¿Qué he aprendido?

Creo que lo primero es a abrir los oídos y los ojos para aprender y no para comparar. Ese cuento en formato de PowerPoint con música de Carlos Baute de que Venezuela es el mejor país del mundo y de qué suerte tenemos de haber nacido en esa tierra y tal, creo que lo echan igualito en otros países, pero la diferencia está en cómo cada sociedad lo justifica. Porque lugares bellos los hay por todo el planeta, pero países que funcionen y en los que la vida sea agradable, hay muchos menos. Creo que la tolerancia, el respeto y la solidaridad son tres factores clave para que yo pueda sentirme bien en un lugar. Es raro, pero mientras menos me miran en la calle, mejor me siento. Y aquí en Canadá estoy contenta porque si me miran, es para sonreírme. He sido super bien recibida y me llama la atención que la gente me pregunte ‘¿por qué no te quedas?’ con una naturalidad apabullante. Creo que los canadienses (por lo menos los montrealeses) saben bien lo que tienen y no son nada tacaños, al contrario, quieren compartir el país cojonudo que tienen contigo.

He aprendido también el valor de poder dar largos paseos por las ciudades. Qué cosa tan maravillosa es descubrirlas, olerlas, sentirlas de una forma que nunca pude hacer con Caracas. Todos los años que perdí transitando la Panamericana o en una cola en la Autopista del Este me los ha devuelto haber vivido en ciudades donde el transporte público funciona. Además de que mi corazón comeflor agradece que haya un carro menos en la calle.

Y los idiomas, claro. Comencé a hablar inglés a los 28 años y desde entonces he aprendido catalán, portugués brasilero y ahora francés. Eso de que hablar inglés es suficiente quedó reducido a cenizas junto con las Torres Gemelas. Ha sido una gran experiencia vivir en países donde coexisten dos o más lenguas y ver lo que esto significa para sus ciudadanos, bilingües o no.

También aprendí a valorar aún más el coraje y la generosidad de mi mamá, viuda desde que yo tenía siete años, de decirme: ‘Dale, vete, hazlo, tú puedes’ sin que se le aguara el guarapo, o por lo menos, yo no me di cuenta. Sin su empujoncito, no habría puesto un pie fuera de casa.

Haber vivido en tantos lugares diferentes me ha enseñado a confiar en mí misma, aunque siempre arropada por las preciosas amistades que he ido cultivando en todos estos años y por mi familia en la distancia.

Hay que tener cojones para emigrar y creo que la actitud con la que entres en tierra extraña es determinante para tu futuro allí.

Conozco gente que echa cuentos horribles de vivir en tal ciudad y acaban creando sus guetos, con el previsible perjuicio de no aprender nada en años dentro de una cultura diferente. Esta gente generalmente no se da el trabajo de pensar por qué las cosas se hacen distinto allí. Se les va el tiempo criticando y añorando el país que dejaron, lo cual es un pésimo ejercicio para la integración a su nueva realidad”.

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22 comentarios en ““Hay que tener cojones para emigrar””

  1. Cuando oigo estos relatos me queda la sensaciòn de que a Venezuela la queremos muy poca gente. Creo que este es un tema muy importante a reflexionar. Que está pasando con la educaciòn en este pais? Por que no eatamos formando VENEZOLANOS? Que conozcamos bien al pais, que nos comprometamos con èl mas alla de las diferencias politicas. Yo respeto a todos los que se van, porque cada quien tiene su propia historia. Pero no deja de preocuparme el desarraigo que tenemos los venezolanos por este inmenso, generoso y hermoso pais.

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  2. ¡Cuántas verdades en tan pocas líneas, Gaby!

    Sí que hay que tener cojones para emigrar, sí! Pero cuántas satisfacciones se encuentran detrás del miedo y los prejuicios.

    Yo me marché de España hace 5 años, porque a ese país ya no hay por donde cogerlo desafortunadamente, viví en Dubai y ya llevo 3 años en Australia.

    Yo tampoco creo mas que en la vida y en el amor a primera vista, jaja 🙂 Y por mi fé ciega la vida me puso al lado al mejor compañero que pude encontrar.

    Me ha encantado leer tu historia. Yo también estoy segura que mi película no acaba en Australia, que nunca se sabe donde van a llevarnos la vida y las ganas de vivir.

    Enhorabuena por la vida tan bella que te ha tocado vivir. No siempre es fácil, pero por suerte no nos quedamos en casa. ¡El mundo y todo lo que hay que aprender de él es tan maravilloso! ❤

    ¡Cuídate mucho allá donde vayas!

    Abrazos desde Sydney! Xx

    Ana

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  3. Me parece genial, felicidades por la vida que has llevado, a los NACIONALISTAS que si el desarraigo que si no les importa NO SE TRATA DE QUE TE QUEDES Y PARA QUE????? acaso no ven que estamos entre dos payasos que se reparten el país y que a ninguno de los dos les importa porque ellos están bien con sus familias protegidas, y bien alimentadas. NO PASAN HAMBRE. TENGO MAS DE 40 AÑOS Y LUCHE EN MIRAFLORES UN 11 DE ABRIL DE 2002, SAQUEN CUENTA CASI ME MATAN . LUEGO DIOS COLOCO AL QUE HOY ES PADRE DE MIS DOS HIJOS MI ESPOSO POR CIERTO MILITAR, JA JA JA JA JA QUE IRONICO. PIDIO LA BAJA EN 2007 HARTO DE LA CORRUPCION Y EL DESASTRE QUE VEIA VENIR, SE HIZO COMERCIANTE PERO DE LOS QUE PATEAN LA CALLE Y AHORA NO VEMOS EL DIA EN QUE NOS VAMOS DE ESTE DESASTRE DE PAIS CON UN DOLAR QUE YA VA PARA LOS 4000 O MÁS BOLIVARES, CON HORDAS DE GENTE MARGINAL QUE SOLO COMPRAN Y REVENDEN QUITANDOLE LA OPORTUNIDAD DE COMER,BAÑARSE Y LAVAR ROPA A LOS QUE SI COMPRAMOS PORQUE LO NECESITAMOS. NO ME HABLEN DE DESARRAIGO. POR FAVOR.

    GRACIAS GABY ALVAREZ PORQUE TU HISTORIA ME INSPIRA HOY CON MI ESPOSO MIS DOS HIJOS QUE YA NO AGUANTAN EL TENER QUE VIVIR ASUSTADOS Y NI SIQUIERA PODER MANEJAR BICICLETA, NOSOTROS VAMOS A SER CIUDADANOS DEL MUNDO, VENEZUELA ES MUY BONITA PERO NO ES LO BONITO LO QUE TE DA PAZ, LA VERDADERA PAZ ESTA EN RECORRER UNA NACION SIN PENSAR QUE TE VAN A MATAR O ATRACAR CON UN PUNTO DE VENTA O PARA QUITARTE UN CELULAR, ABRAZOS……..

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  4. Una historia de una Venezolana vergataria… q pa’lante es pa’lla…. donde estar afuera no es fácil, y su escritura es animo de seguir adelante solo para dejar a tus hijos lo mejor de ti !!!!!! …. gracias por ese escrito … Dios tu mano en mi fe !!!! Amén!!!

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  5. Felicitaciones Gaby, por la gallardía y el espíritu de lucha, así como el coraje que has tenido para emigrar y sobrellevar todo ese arsenal de diversidades en tu vida. Qué bueno que has resistido las tormentas y que finalmente lograste rehacer bien tu vida. Gracias por compartir tu historia, ya que todos los venezolanos de una u otra manera nos hemos planteado emigrar, un gran abrazo!

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  6. waaaaaaooo totalmente identificada, perfecto! es asi que se lleva la vida y que se piensa.. por que a pesar de todo y de toodos, LO ÚNICO que nos va quedar en la vida SON LA EXPERIENCIAS VIVIDAS Y LO BONITAS QUE FUERON Y NAAADA MAS, es como cuando tu ser querido muere y ya no lo puedes resucitar,, solo nos queda el hermoso recuerdo y teenemos que aprender a vivir con eso por el resto de nuestros dias y para atras …….. ya todos saben la respuesta!

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