“Yo responsabilizo al chavismo por la separación de las familias venezolanas”

Audelino Moreno frente al Overture Center for the Arts de Madison, Wisconsin, EEUU.

“Mi historia de emigración comienza bastante temprano, hacia 1995. Juan Carlos Bertorelli, director creativo de la agencia en la que yo trabajaba como diseñador gráfico, despertó en mí la curiosidad por un trabajo de mayor nivel que el que hacíamos en Venezuela y me obsesioné con irme a un centro cultural donde pudiera exponerme a ese tipo de trabajo y aprender a hacerlo. La situación ya se perfilaba como muy complicada en el país y muchos amigos ya estaban yéndose. Conseguí un crédito de Fundayacucho, que fue determinante en mi historia, y aterricé en San Francisco para hacer una maestría en Diseño.

Fue una experiencia fenomenal desde todo punto de vista. Una de las épocas más felices que he vivido. Conocer otras formas de organización, de llevar la vida… en gran parte satisfacía la imagen que me había hecho de vivir afuera. Nació un asombro que aún siento por la fuerza creativa y de organización que hay en estos países, que en San Francisco era muy evidente. Por otro lado hubo desilusiones, las que tienes cuando conoces otras realidades que no te esperabas. Pero fui entendiendo que la vida va de eso, esperanzas y desilusiones.

Llegué solo, y a los ocho meses llegó mi esposa, Tina. Tres años y medio estuvimos en San Francisco, yo con status de estudiante.

Mi intención era volver a Venezuela. La razón principal: mis padres eran muy mayores, mi padre tenía más de 80. Era muy importante para mí estar junto a mis viejos.

Terminé la escuela, hice una pasantía en Portland, Oregon, en una agencia que sí era todo lo que yo soñaba. Luego un training de un año en San Francisco, y mi visa terminó.

Regresé a Caracas a principios de 2002, a casa de mis padres, con Tina. Juan Carlos tenía su propia agencia y me fui a trabajar con él. Venezuela ya había cambiado y nosotros también. El país vivía los conflictos por la imposición del socialismo chavista y nosotros veníamos de vivir muy tranquilos, de vivir como la vida debe ser vivida. La devaluación nos hizo perder la mitad de lo que habíamos llevado como ahorros. El shock no terminó durante los años siguientes. No alardearé aquí de que tuvimos una visión periférica, de que veíamos más allá de lo evidente, pero sí entendimos que la vida así no era posible, y supimos que debíamos volvernos a ir, así que comenzamos a prepararnos.

El plan era volver a EEUU, porque era lo único que conocíamos. Empecé a disparar mi portafolio por todas partes, sin expectativas, pero tuve la inmensa oportuna de que una agencia en Bend, Oregon, me ofreció trabajo. Fue la lotería que me gané en la vida. Me hicieron el sponsorship y llegué a Bend, que pese a su sofisticación está en medio de la América profunda. Fue mi primer contacto con el verdadero EEUU.

Fue un coñazo. Nací y me crié en una ciudad, Caracas, una capital de un país, y fue duro adaptarme a situaciones que no podía cambiar, resignarme, madurar. Aprendí muchísimo. El director creativo era de una generosidad de las que poco hay, un tipo que quería hacer un bien al traerme allá. Íbamos a muchas actividades con él y su familia, nos invitaba para Thanksgiving, nos condujo a la vida comunitaria de EEUU.

Tina no podía trabajar, porque mi visa H1B no lo permitía ni lo permitió por años, y eso nos hizo vivir el contraste con la imagen que uno podía tener del sueño americano. Nada de casa con carro y perro: en estos países necesitas dos sueldos, y tuvimos uno solo durante seis años. No sabíamos cuál sería nuestra situación a largo plazo, porque esa visa era temporal. Fue bien jodido luchar por la residencia permanente; buscamos a los únicos abogados de migración que había en Bend, Oregon, que no lo hicieron del todo bien, y tuvimos que esperar siete años para obtener la green card, con todo lo que esa espera significa.

Seguí en esa agencia, con la que tenía una obligación moral, durante casi seis años. Pero llegó el punto en que quise volver a vivir en una ciudad y seguir avanzando. Tina estuvo de acuerdo, como siempre; sin esa visión común como pareja no hubiéramos hecho todo lo que hemos hecho.

Nos fuimos a San Diego. Pude entrar trabajar en una agencia muy premiada. Eso fue readaptarse de nuevo a la dureza de la ciudad y darnos cuenta de que habíamos vuelto a cambiar. Habíamos envejecido y ahora teníamos un chamo de siete meses. Yo trabajaba unas 60 horas por semana y muchos fines de semana. Me estaba perdiendo la infancia de mi chamo. Decidimos volver a movernos hacia otro sitio, donde hubiera un balance mejor entre vida y trabajo.

Apareció esta oportunidad en Madison, en esta agencia donde llevo más de cinco años, otra oportunidad que agradezco.

Siempre me pregunté cómo viviría la muerte de mis padres estando en el exterior; pues han sido los dos momentos más dolorosos de mi vida, mi mayor pesadilla.

Un día estaba trabajando en la agencia en Bend y vi el número de Caracas en la pantalla de mi celular. Sentí miedo y pensé en mi papá. Era mi hermana. Me dijo, ‘no, es mi mamá’. Ella era quince años menor que mi papá y no contemplé nunca que ella se fuera antes. En la oficina hicieron una vaca para comprarme el pasaje. Llegué a Caracas dos horas ante de que la cremaran.

Con la muerte de mi mamá nada fue igual. Ella unía todo. Empezó a desperdigarse la familia. Fue muy duro. Cuando murió mi viejo, a los 91, tres años después, ya yo estaba más preparado.

Esa es una de las cosas que más le reprocho a la ‘revolución’. Es algo personal. Yo responsabilizo al chavismo por la separación de las familias venezolanas. Ese dolor se te hace crónico. Uno sigue funcionando, pero la ausencia es real. Ayer cumplió mi papá seis años de muerto. Mi mamá cumplirá ocho en diciembre.

Por culpa de la imposición de un modelo autoritario yo no pude tener una vida normal junto a mis padres. Viví los efectos directos de una tragedia política. Éramos burbujas, sometidos a movimientos sobre los que no tenemos control. Cada sociedad pasa por momentos en los que está sujeto a esos designios. Y eso te hace reflexionar mucho.

En estos años fuera, sin embargo, yo desarrollé un sentido de venezolanidad que no sospechaba encontrar, que no está asociado con los lugares comunes de la nostalgia por el beisbol, la arepa, la playita, sino que es una experiencia mucho más profunda, una carga emocional que te define. Descubrí eso estando afuera, que lo que me define está conectado con un gentilicio, para bien o para mal.

Me encanta la aproximación de ser ciudadano del mundo, pero yo te digo, yo soy venezolano. Y además me gusta eso. No sé cómo explicarlo, pero es un sentido de conexión con una historia, con una forma de relacionarse afectivamente con el mundo que es muy propia. Eso ha sido parte de la experiencia. Claro que me parece válido extrañar la arepa o el toronto, pero para mí no es lo más relevante.

Mi madre era muy venezolana: alegre, sociable, refranera. Mi papá, que llegó de los Andes a Caracas sin nada, que entró como soldado raso al Ejército y salió como general de brigada, era muy pragmático, muy curioso, y conoció muchas cosas, viajó mucho, incluso por gran parte de la URSS. Él era una escuela viviente, que había vivido todas las transformaciones y había tratado de muchos de los líderes. Siempre fue muy crítico con el país. No fue mi casa una en la que te decían que Venezuela era el mejor país del mundo. Era una casa de amor muy profundo con el país, pero sin hipérboles.

Creo que uno viene para acá para aprender. Que uno como inmigrante necesita más a la gente del lugar que te recibe, que ellos a nosotros. Y que si quieres replicar aquí lo que tuviste allá, vas a perder mucho. Y también uno viene a desaprender visiones del mundo y orgullos que no son nada útiles”.

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