Un Instagram sin comida

El downtown de Montreal desde el mirador del Chalet del Mont-Royal, en un domingo de otoño de 2016. 

Quienes conocen de mi interés por el tema urbano no se sorprenderán al ver las imágenes de mi cuenta de Instagram: casi todas forman parte de un intento por documentar las virtudes de Montreal como ciudad, de sus amplias zonas de uso mixto y densidad media donde abunda el comercio de proximidad; de su espacio público; de su capacidad para la peatonalidad y el uso de la bicicleta; y sobre todo, de la riqueza arquitectónica de la segunda metrópoli canadiense.

Pero eso es uno de los dos aspectos que más me gustan de Montreal. Del otro no hago mención alguna en Instagram, al menos no con imágenes. Porque se trata de su riqueza gastronómica. La exuberancia de sus mercados públicos. La relación precio-valor de su inmensa oferta multiétnica. Lo fácil que es comer muy bien aquí, en comparación con Estados Unidos.

No hago fotos de las montañas de legumbres maravillosas en los mercados ni de los tesoros alimenticios de los comederos de la ciudad porque no puedo hacerlo sin sentirme mal por mi gente en Venezuela. Culpa del superviviente, que llaman.

Vengo de un país que ha adquirido fama en el mundo por las fotos de anaqueles vacíos, gente comiendo de la basura, colas por alimentos regulados y una muchedumbre cruzando el puente hacia Cúcuta. Ahora vivo en uno que, pese a sus inviernos, es uno de los mayores exportadores de cereales, granos, carnes y, sobre todo, ese tesoro del bosque: el sirop de arce.

Por mucho que esto me fascine y me complazca, y que incluso trato de disfrutarlo en la medida en que nuestros recursos de inmigrantes nos lo permiten, no llego a celebrarlo en público, mediante Instagram.

Sí, la culpa es un sentimiento estéril, improductivo.

No, yo no tengo la culpa de que Venezuela esté en ese estado.

Y no, los amigos venezolanos que viven aquí que sí publican fotos de las maravillas que comemos en esta ciudad no son para nada insensibles ni crueles ni creo en absoluto que le estén echando en cara a los venezolanos de adentro lo bien que estamos acá.

Solo que yo no puedo. Porque una parte de mí sigue sintiendo que yo pude salvarme en el arca y que los que no se vinieron conmigo están con el diluvio al cuello.

 

 

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